El club de los Sombreros
Hace ya tiempo que deje mi sombrero abandonado en el brazo de un perchero en la ciudad de los sueños
recuerdo que en esa habitación se juntaban ingleses y alemanes
algún italiano de pelo plateado y algunos verborreicos argentinos que hacían la vez de camareros y otros de crupieres improvisados
Era una habitación ni demasiado grande ni tampoco pequeña austera en un mosaico de piedras formando figuras geométricas en el suelo y unas paredes de maderas nobles cuyas betas daban fe de los cientos de pensamientos que habían terminado por penetrar en la madera centenaria hasta formar pequeñas incrustaciones brillantes que ni el mejor de los ladrones hubiese conseguido robar con astucia y una buena gubia
Llevaba años sin volver a esa habitación perdida en un castillo de humo y piedra oscura lo que ocurría es que no podía entrar en dicha sala porque mi sombrero seguía allí tendido y no disponía de otro semejante con el que poder pasar el portero que no era sino un anciano ajado me sonreía porque aun lograba recordarme, pero los dos conocíamos las normas de la sociedad y aunque a ese amable viejete siempre le había caído bien, no podía darme el permiso de la entrada y tampoco quería dejarme marchar porque sencillamente era de los pocos que le hacia sonreír y era digno de ver esa sonrisa erosionada en la que solo un par de dientes seguían firmemente anclados a una sonrosada encía despoblada , pero como señor serio que era, no necesitaba abrir su boca para desempeñar su trabajo y yo era de los pocos que conocía su secreto, así que me senté delante de el en el suelo
Mientras miembros de nueva adquisición iban entrando uno a uno a la habitación de los sueños no me incomodaba tal situación en la que me encontraba, sentado en un húmedo suelo de piedra de pizarra y su mezquindad de miradas rechazando tal comportamiento y más aun mi imagen personal
El viejo seguía mirándome porque en el tiempo que había dejado de ir por allí me había crecido considerablemente el pelo y una barba raída abundaba por mi alargada cara mientras que sus ojos celestes seguían brillando como las estrellas del cinturón de Orión como la sensación de haber vivido eso muchas veces en una vida fuese tan sólo un dèjá vu sin pasado ni futuro.
Tenia que reconocer que ni la propia sala anexa me importaba tanto como estar fuera con mi anciano entrañable, en esa casa el conocimiento andaba escondido por todos los rincones, escrito en renglones invisibles y que después de tanto tiempo ese señor ya no era sino una fuente de cultura arraigada en su fabulosa mecedora de madera de arce
Recuerdo los veranos sentado en sus rodillas cuando no tenía nada que hacer perdido como un vagabundo en mi ciudad y cuando el mismo me regalo su sombrero para dar fin a su ciclo de entradas y salidas vespertinas en la habitación de al lado y así convertirse en su guardián
Después de unas horas en silencio rompió su mutismo para decirme que sabia que volvería y aunque ya no pudiese entrar en el cuarto sabia que había colocado una a una las ideas en la librería que un día me regalo dentro de mi cabeza, se alegraba porque si hubiese seguido en ese habitáculo inmundo de soberbia y orgullo jamás hubiese podido empezar a fabricar mis propias palabras, porque la sociedad con toda su majestuosidad tenia ese inconveniente, el de privar a sus miembros de las ideas ya que se instauraba un pensamiento único y comunal
Estuve una noche o quizás mas hablando con ese señor hasta que me comento que ese era su ultimo día porque una enfermedad terminal había corrompido todo su cuerpo y eran sus horas finales de vida por lo que apesumbrado aunque feliz por haber estado en sus momentos de plenitud, poco a poco vi como iba apagándose ese cometa plateado que había vivido tantos recuerdos con su presencia entre sus filas cuando su estertóreo suspiro anunció el final de una vida dedicada al cultivo de la cultura, cerré sus ojos que aun brillaban con la intensidad del cristal de Vulcano y cogiéndolo en brazos le lleve bajo su sauce preferido y con una pala y no menos esfuerzo cave tan profundo que ni todos los problemas del mundo pudiesen volver a tocar su suave piel arrugada le puse el mejor de sus trajes de lino blanco y busque entre sus pertenencias un sombrero de ala ancha y una franja violeta
Puse un par de monedas de oro en sus bolsillos de la chaqueta y su reloj de cadena entre sus manos cruzadas y tras colocarle una sabana de algodón gastada por el tiempo, volví a poner la tierra en su sitio después labre con una puntilla el tronco del árbol con las palabras que había susurrado en sus ultimas oraciones y me senté en mi herencia de madera a partir de ese día entre mis arrulladores vaivenes en esa cómoda mecedora comencé a requisar los sombreros de las personas que no merecían entrar en esa sala a los ricos y a los pretenciosos también a los que no tenían educación ni maneras hasta que solo quedaron druidas y hechiceros escritores de la vieja absenta y pensadores afilosofados poetas por todos los rincones y algunos artesanos de la madera que con sus manos habían comenzado a darle un nuevo esplendor a esas viejas paredes También amplié la sala a una continua en que los mejores pintores con estrellas en los ojos y serpientes en los bolsillos daban rienda suelta en un cubilo con lienzos que no dejaban de aparecer como por arte de magia al igual que los periódicos amanecen en los kioscos sin que nadie sepa como llegaron ahí o las flores de la noche abren sus esplendorosos colores sin que nadie este ahí para verlos
El nombre de la sociedad fue cambiado a pesar de sus tantos siglos de existencia pues su fundador en las ultimas palabras que me dirigió me encargo tan sublime impronta ya que había visto año tras año perder su esencia hasta que esta también le abandono en su lecho de muerte la sociedad fue rebautizada con el club de los sombreros metafóricos y desde entonces la alegría volvió a brillar por todos los rincones del castillo pues entro un aire renovador de trenzas y rastas de cascos y boinas de chapelas y sombreros del oeste de cuernos vikingos y de sombreros de mariachis los sombreros de ala ancha y bombines crecieron por todas las enredaderas de la muralla y mi sonrisa volvió a vestir la entrada de esa sala donde mis pesadillas se volvieron dulces susurradas por la voz tenue de un sauce llorón que jamás volvió a estar triste
Sonrisas y suerte porque los sombreros de los mejores pensadores sigues volando por encima de nuestras cabezas y todo el mundo menos los lunáticos y los soñadores se empeñan a mirar el suelo que pisan
Era una habitación ni demasiado grande ni tampoco pequeña austera en un mosaico de piedras formando figuras geométricas en el suelo y unas paredes de maderas nobles cuyas betas daban fe de los cientos de pensamientos que habían terminado por penetrar en la madera centenaria hasta formar pequeñas incrustaciones brillantes que ni el mejor de los ladrones hubiese conseguido robar con astucia y una buena gubia
Llevaba años sin volver a esa habitación perdida en un castillo de humo y piedra oscura lo que ocurría es que no podía entrar en dicha sala porque mi sombrero seguía allí tendido y no disponía de otro semejante con el que poder pasar el portero que no era sino un anciano ajado me sonreía porque aun lograba recordarme, pero los dos conocíamos las normas de la sociedad y aunque a ese amable viejete siempre le había caído bien, no podía darme el permiso de la entrada y tampoco quería dejarme marchar porque sencillamente era de los pocos que le hacia sonreír y era digno de ver esa sonrisa erosionada en la que solo un par de dientes seguían firmemente anclados a una sonrosada encía despoblada , pero como señor serio que era, no necesitaba abrir su boca para desempeñar su trabajo y yo era de los pocos que conocía su secreto, así que me senté delante de el en el suelo
Mientras miembros de nueva adquisición iban entrando uno a uno a la habitación de los sueños no me incomodaba tal situación en la que me encontraba, sentado en un húmedo suelo de piedra de pizarra y su mezquindad de miradas rechazando tal comportamiento y más aun mi imagen personal
El viejo seguía mirándome porque en el tiempo que había dejado de ir por allí me había crecido considerablemente el pelo y una barba raída abundaba por mi alargada cara mientras que sus ojos celestes seguían brillando como las estrellas del cinturón de Orión como la sensación de haber vivido eso muchas veces en una vida fuese tan sólo un dèjá vu sin pasado ni futuro.
Tenia que reconocer que ni la propia sala anexa me importaba tanto como estar fuera con mi anciano entrañable, en esa casa el conocimiento andaba escondido por todos los rincones, escrito en renglones invisibles y que después de tanto tiempo ese señor ya no era sino una fuente de cultura arraigada en su fabulosa mecedora de madera de arce
Recuerdo los veranos sentado en sus rodillas cuando no tenía nada que hacer perdido como un vagabundo en mi ciudad y cuando el mismo me regalo su sombrero para dar fin a su ciclo de entradas y salidas vespertinas en la habitación de al lado y así convertirse en su guardián
Después de unas horas en silencio rompió su mutismo para decirme que sabia que volvería y aunque ya no pudiese entrar en el cuarto sabia que había colocado una a una las ideas en la librería que un día me regalo dentro de mi cabeza, se alegraba porque si hubiese seguido en ese habitáculo inmundo de soberbia y orgullo jamás hubiese podido empezar a fabricar mis propias palabras, porque la sociedad con toda su majestuosidad tenia ese inconveniente, el de privar a sus miembros de las ideas ya que se instauraba un pensamiento único y comunal
Estuve una noche o quizás mas hablando con ese señor hasta que me comento que ese era su ultimo día porque una enfermedad terminal había corrompido todo su cuerpo y eran sus horas finales de vida por lo que apesumbrado aunque feliz por haber estado en sus momentos de plenitud, poco a poco vi como iba apagándose ese cometa plateado que había vivido tantos recuerdos con su presencia entre sus filas cuando su estertóreo suspiro anunció el final de una vida dedicada al cultivo de la cultura, cerré sus ojos que aun brillaban con la intensidad del cristal de Vulcano y cogiéndolo en brazos le lleve bajo su sauce preferido y con una pala y no menos esfuerzo cave tan profundo que ni todos los problemas del mundo pudiesen volver a tocar su suave piel arrugada le puse el mejor de sus trajes de lino blanco y busque entre sus pertenencias un sombrero de ala ancha y una franja violeta
Puse un par de monedas de oro en sus bolsillos de la chaqueta y su reloj de cadena entre sus manos cruzadas y tras colocarle una sabana de algodón gastada por el tiempo, volví a poner la tierra en su sitio después labre con una puntilla el tronco del árbol con las palabras que había susurrado en sus ultimas oraciones y me senté en mi herencia de madera a partir de ese día entre mis arrulladores vaivenes en esa cómoda mecedora comencé a requisar los sombreros de las personas que no merecían entrar en esa sala a los ricos y a los pretenciosos también a los que no tenían educación ni maneras hasta que solo quedaron druidas y hechiceros escritores de la vieja absenta y pensadores afilosofados poetas por todos los rincones y algunos artesanos de la madera que con sus manos habían comenzado a darle un nuevo esplendor a esas viejas paredes También amplié la sala a una continua en que los mejores pintores con estrellas en los ojos y serpientes en los bolsillos daban rienda suelta en un cubilo con lienzos que no dejaban de aparecer como por arte de magia al igual que los periódicos amanecen en los kioscos sin que nadie sepa como llegaron ahí o las flores de la noche abren sus esplendorosos colores sin que nadie este ahí para verlos
El nombre de la sociedad fue cambiado a pesar de sus tantos siglos de existencia pues su fundador en las ultimas palabras que me dirigió me encargo tan sublime impronta ya que había visto año tras año perder su esencia hasta que esta también le abandono en su lecho de muerte la sociedad fue rebautizada con el club de los sombreros metafóricos y desde entonces la alegría volvió a brillar por todos los rincones del castillo pues entro un aire renovador de trenzas y rastas de cascos y boinas de chapelas y sombreros del oeste de cuernos vikingos y de sombreros de mariachis los sombreros de ala ancha y bombines crecieron por todas las enredaderas de la muralla y mi sonrisa volvió a vestir la entrada de esa sala donde mis pesadillas se volvieron dulces susurradas por la voz tenue de un sauce llorón que jamás volvió a estar triste
Sonrisas y suerte porque los sombreros de los mejores pensadores sigues volando por encima de nuestras cabezas y todo el mundo menos los lunáticos y los soñadores se empeñan a mirar el suelo que pisan
4 comentarios
Sigo siendo yo -
... es decir Tarantino -
yo mismo -
Por ejemplo ... Tarantino -